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La sociedad de las emociones

14/09/2017 No hay sociedad sin emociones. ¡Que viva la danza del garabato! ¡Junior tu papá! ¡Let’s make America great again!
No hay sociedad sin emociones. ¡Que viva la danza del garabato! ¡Junior tu papá! ¡Let’s make America great again! Históricamente hemos configurado nuestras relaciones sociales y humanas a partir de los múltiples y variados sentimientos que se expresan con emociones. Este tema es hoy ampliamente tratado por filósofos, biólogos, psicólogos, economistas y neurocientíficos. Es así como a partir de lo que vivimos día a día nos enfrentamos con la necesidad de comprender las raíces de los problemas de la humanidad.
 
Las sociedades en las que actualmente vivimos son dominadas por los gobiernos, las instituciones de la economía, los medios de comunicación y, en menor medida, por las instituciones educativas. Todas se interesan por conocer cuáles son las emociones que nos mueven a actuar de determinada manera, por ejemplo a quedarnos callados, a indignarnos o a definir nuestros criterios de compras. 
 
En las indagaciones que hacen las redes de información sobre la vida cotidiana ya no se nos pregunta sobre lo que pensamos sino lo que sentimos, como si el sentimiento pudiera estar desligado del pensar. Es así como los que mueven el mercado no se interesan por preguntarnos por nuestras ideas sino por conocer el trasfondo de nuestras percepciones. Eso es lo que verdaderamente les interesa, pues de esta manera seremos sujetos más sumisos a sus voluntades. Si les entregamos la ‘valiosa información’ que realmente determina nuestra conducta pública, lo que sentimos y no lo que pensamos, habremos caído en la trampa. 
 
Es así como cada sociedad va construyendo su historia emocional, su mapa del querer y del sentir, sus resortes secretos que los mueven a explotar en un «era gol de Yepes». Nosotros, los colombianos, sabemos bien de qué estamos hablando. Hemos acumulado maestrías y doctorados en sentir odio, tristeza, vergüenza, amor, compasión, solidaridad, esperanza. Estos sentimientos nos han acompañado siempre como sociedad. 
 
Hoy, cuando nos encontramos ante el fin del enfrentamiento armado nos preguntamos no solo ¿qué hacer?, sino ¿qué sentir?, ¿cómo hacemos para perdonar lo imperdonable?, ¿cómo es posible tener esperanza?, y otra pregunta difícil ¿cómo hacemos para creer que podemos llegar a ser una sociedad sana?
 
Estas preguntas nos tocan porque se relacionan con nuestros más profundos sentimientos, así, si respondemos desde la razón no estaríamos dando la respuesta completa. Muchas de las situaciones en la política, la economía, la filosofía, el arte, la literatura y la ciencia se ven determinadas por las emociones, y es así como cada disciplina nos dicta su propio veredicto. 
 
Creo que en Colombia nos hace falta sanar el corazón, y empezar por comunicarnos los unos con los otros; y no lo digo en sentido figurado, basta con sentarnos a hablar con la gente común y corriente y así nos daremos cuenta de que la indiscutible realidad nos toca a todos por igual. Las emociones no discriminan debido a que obedecen a un lenguaje biológico universal que se forma en el cerebro de todos los seres humanos y que se desenvuelve de acuerdo a cada contexto de cultura, ambiente y sociedades.
 
Es nuestra cultura la que define lo que debemos hacer cuando sentimos miedo, asco o vergüenza, y estos comportamientos son muchas veces contrarios a la esencia humana misma. La propuesta desde la filosofía de las emociones es que seamos capaces de revisar y volver a direccionar —esta vez— en sentido correcto cualquier emoción perniciosa para nuestra convivencia.
 
En este momento de polarización que afronta nuestro país, no podemos seguir pensando en solo dos vías radicalmente contrapuestas. Esto sería un error, si solo hay dos salidas quiere decir que no hicimos nada para cambiar, pues, las sociedades no se pueden mover entre el bien y el mal, entre la guerra y la paz, la pobreza y la riqueza. Este discurso dual nos restringe también en el ejercicio de la ciudadanía y de la democracia.
 
Nuestras emociones cuentan, nos mueven, así como mueven a los gobernantes y a los futbolistas; y no vienen de la nada ni son asuntos irracionales como alguna vez se pensó. No. Las emociones en la sociedad contemporánea determinan el rumbo moral, legal y económico de los países, por eso es importante promover aquellas que nos impulsan hacia aspiraciones loables y censurar las que son perjudiciales para las relaciones sociales. 
 
Para explorar temas como este, asista al segundo ciclo de conferencias ‘Filosofía para no filósofos’, que tiene lugar cada miércoles a las 6:30 p.m., a partir del 19 de abril, en el Museo de Arte Moderno de Barranquilla.